viernes, 12 de febrero de 2016

CANDELERO DE ORO






Éxodo 25:31-40

Estaba hecho de oro puro y pesaba unos 30 kilogramos. El oro, metal precioso por excelencia, nos habla de lo que es imperecedero, aquello que no se devalúa, que no se corrompe.
Es muy apropiado, pues, que este objeto que representa a Cristo fuera de oro puro, porque así es él: 'el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.' (Hebreos 13:8), sin que nada afecte ni dañe a su inmutable naturaleza. Estaba labrado a martillo, lo que significa que era una pieza original y única, no sacada de un molde del cual otras réplicas o copias exactamente iguales podrían ser sacadas.
Otra vez vemos aquí la correspondencia entre ese objeto y Cristo, quien es el Unigénito del Padre (Juan 1:18), es decir, alguien sin parangón y de categoría única, sin posibilidad de tener duplicados o copias imitadoras.
Fue labrado a martillo, lo cual se corresponde bien con la manera en la que Cristo fue tratado por el Padre a fin de prepararlo para su obra salvadora. Las pruebas, los sufrimientos y tentaciones por las que hubo de pasar, fueron el método escogido por Dios para perfeccionar a su Hijo.
De no haber sido su obediencia sometida a prueba, nunca se habría sabido si realmente era completa; el hecho de que obedeciera en medio del dolor demuestra que era absoluta. No hay duda, pues, de que estamos ante el que puede salvarnos.
Estaba formado por siete brazos que culminaban en siete lámparas que debían arder desde la tarde hasta la mañana (Éxodo 27:21), siendo tarea diaria del sacerdote su encendido, su suministro, realizado con aceite puro de olivas machacadas (Éxodo 27:20) y su limpieza (Levítico 24:4).
En el Nuevo Testamento se alude a los cristianos como luz del mundo (Mateo 5:14), cuyas lámparas han de estar siempre encendidas (Lucas 12:35). Y de la misma manera que el ministro del santuario era el encargado de encender las lámparas del candelabro, así es tarea de los ministros del evangelio encender la luz de la palabra, al exponerla y aplicarla rectamente. Las lámparas alumbraban hacia delante (Números 8:2), a fin de iluminar los otros objetos del tabernáculo; no era, pues, su propósito que su luz quedara restringida para sí, sino para alumbrar a otros (Mateo 5:15; Juan 8:12). 

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